Feminismo

Santa Católica y Apostólica

“Los hombres cuando quieren algo se van con cualquiera, pero cuando buscan algo serio se van con la más santa católica y apostólica” dijo mi profesor de primero de secundaria. Nadie lo contradijo, nadie alzó la voz. 

Hubiera sido esa desobediente que rompe el silencio para preguntar: “Profesor ¿está usted dispuesto a ser un santo católico y apostólico para que las mujeres lo tomen en serio?, ¿se consagrará a esa aburrida y noble misión para ser congruente con lo que exige?” Pero en ese entonces yo era otra, no me queda más remedio que visitar una escena 15 años después para liberar de mi lengua esas palabras que hasta hoy encerré. 

¿Dónde están? ¿Quedan? ¿Importan? Lástima que nadie busca a los hombres “santos católicos y apostólicos” para algo serio, casual, tóxico, satánico, filosófico o cualquier otra cosa. No me atraen los hombres santos católicos y apostólicos, me interesan aún menos los hombres que elogian en sí mismos los actos condenados en las mujeres. La incongruencia es tanta que se habla de una epidemia de hipocresía y muchas mujeres parecen haberse contagiado. ¿Por qué nadie valora la “santidad” de los hombres? Es raro que la virginidad masculina sea algo humano y no sagrado, exenta de ese halo místico de santidades y sin sentidos, y por supuesto de milagros bíblicos. 

Nunca entendí porque embarazarse sin pasión es un milagro y no una tragedia. Ser víctima de una misteriosa inseminación artificial por seres sobrenaturales, cuya “bendición” puede traerte problemas con ese ser humano que esperaba casarse contigo, (sin contar el riesgo de morir apedreada frente a casa de tus padres en las calles de Galilea, tal como lo señala el santo evangelio de Deuteronomio 22:13-21) es algo que nadie desea. Sin duda los embarazos celestiales tienen sus inconvenientes, pero nada tan riesgoso como hacer de la virginidad un motivo de alabanza. 

Un sospechoso monopolio de la pureza está puesto en los cuerpos de las mujeres, una virtud arbitraria siempre más lejos de la bondad que del sometimiento. Una pureza lejana al bien para una misma y otros(as), más cercana a una restricción a la libertad y al disfrute del cuerpo. Hacer del cuerpo una ofrenda al servicio del goce de otros ¿qué te queda cuando te despojan de tu cuerpo? Somos santuarios y tentaciones, todo menos seres libres y deseantes. 

Sería bonito que mi profesor valore la santidad de una mujer por su bondad con otros(as), su fervor en el rezo del rosario, la certeza de saber que si la invitan a la Feria del Libro en Guadalajara respondería que la Biblia es su libro favorito, la pasión con la que cada domingo presta atención a los evangelios que nadie escucha y mucho menos practica. Nada de eso importa si al llegar la cuaresma se entera que comió carne de otros hombres, aún cuando solo fue una vez en esa pecaminosa semana santa del viaje de generación a Cabo San Lucas en 2008 y después pagara sus culpas siendo vegetariana. Entonces ahí cae de toda gracia y puede arder en las llamas el infierno, aún cuando durante años haya acumulado miles de sacrificios y millas para viajar al cielo. 

Tal vez más que una virtud cercana a lo divino, busca algo más mundano. Algo así como un derecho a la propiedad adornado con parafernalia celestial y controlado por una moral patriarcal. Sería demasiado atrevido preguntarme si toda esa estupidez y la violencia es para buscar el poder y no la bondad. ¿Será que los hombres necesitan la virginidad de las mujeres para no sentirse en competencia con otros? Mejor no analizo más. Prefiero estar oprimida colectivamente que pensar por mi misma, si alguien me busca para algo serio estaré en el rebaño. Siguiendo con fidelidad ese camino para ser una santa católica y apostólica. 

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